Crisis Económica: Después de la hibernación

La crisis de la covid es una gigantesca deflagración cuyos efectos serán duraderos. Por ello, todo el mundo comprende ahora que no habrá vuelta a la normalidad. Se podría sacar la conclusión optimista de que la crisis marcará el comienzo de días mejores. Pero un punto de vista más realista es que el capitalismo, como sistema, resistirá e incluso buscará aprovechar la crisis para reforzar su supremacía.

Por Michel Husson* Texto originalmente publicado en el blog Insisto y resisto


Aguardando el año pasado


Tal podría haber sido el título de esta contribución, en homenaje a Philip K. Dick (1928-1982). Se centra en la cuestión del empleo, que concentra las cuestiones sociales del próximo período. Hay que comenzar por medir esta crisis y sus devastadores efectos sobre el empleo. La evaluación realizada por la OIT [1] (Organización Internacional del Trabajo) es esclarecedora: “las pérdidas de horas de trabajo en el 2020 fueron unas cuatro veces mayores que durante la crisis financiera mundial de 2009”. Y el mundo entero está afectado, como lo ilustra este mapa mundial elaborado por la OIT que muestra la pérdida de horas trabajadas desde finales de 2019.

Esta pérdida de horas de trabajo se distribuye aproximadamente por igual entre destrucción del empleo y mantenimiento del empleo gracias al desempleo parcial o esquemas similares, lo que la OIT llama “reducción de las horas de trabajo dentro del empleo”. Después, la destrucción de puestos de trabajo conduce principalmente a una salida del mercado laboral (“deslizamiento hacia la inactividad”) y a un aumento del desempleo; aproximadamente en un tercio.

El balance para la zona euro [2] es similar, y nos encontramos con la misma observación de una caída significativa de las horas trabajadas que solo conduce a un aumento moderado del desempleo. Hay dos explicaciones importantes que tienen implicaciones para una (eventual) salida de la crisis. La primera es que la mayoría de los gobiernos europeos han recurrido a lo que se podría llamar una reducción defensiva de la duración [tiempo] del trabajo en forma de paro parcial o técnico. Entre 2019 y 2020, el número total de horas de trabajo se redujo en torno al 12% en la zona euro, lo que equivale a cerca de 35 mil millones de horas: aproximadamente el número total de horas trabajadas en España en 2019. Sin embargo, al mismo tiempo, el empleo solo cayó en 5 millones (alrededor del 3%), mientras que la actividad económica (PIB) cayó un 8%. Si juntamos estas dos cifras, el tiempo de trabajo medio habría caído alrededor de un 10%, pasando de 1800 a 1630 horas anuales.


Los resultados son los mismos en Francia: según el INSEE [3], el número de horas trabajadas se redujo un 20% entre mediados de 2019 y mediados de 2020, mientras que el empleo asalariado se redujo solo en un 2,8%. La OFCE [4] estima el número de horas no trabajadas, cubiertas por el llamado régimen de actividad parcial, en 2.700 millones (1,5 millones de puestos de trabajo-equivalentes a tiempo completo) y 29.000 millones de euros de indemnizaciones.


Entre febrero y octubre de 2020, a pesar de la pérdida de puestos de trabajo, la tasa de paro solo aumentó 1,2 puntos en la zona euro. Aquí es donde entra en juego un segundo factor, claramente señalado en el citado estudio del BCE: “la población activa cayó alrededor de cinco millones de personas en el primer semestre de 2020”. Una parte significativa del conjunto del empleo fue puesto en hibernación, con jornada reducida, o se situó en ella, retirándose del mercado de trabajo. Esta imagen de la hibernación, tomada del último informe del Conseil national de la productivité [5], es adecuada porque plantea la pregunta correcta: la de su despertar.


Perspectivas sombrías


A pesar de las hipótesis moderadamente optimistas sobre el levantamiento gradual de las limitaciones sanitarias, las perspectivas son sombrías. Según la Comisión Europea, el desempleo en la zona euro aumentará en 1,9 millones en 2021, después de 1,3 en 2020, con lo que el número de parados se acercará a los 16 millones, y ello a pesar de una recuperación del crecimiento estimada en un 4%. En el caso de Francia, las estimaciones convergen para decir que se habrán destruido entre 700 y 800.000 puestos de trabajo en 2020. Por otro lado, no hay consenso sobre las previsiones para 2021 [6]: según el proyecto de presupuestos del gobierno se crearán 435.000 puestos de trabajo, pero según el Banco de Francia y la OFCE, apenas se creará empleo. Por tanto, la tasa de desempleo debería seguir aumentando, pasando del 8,5% al 10,7% según la Comisión Europea [7].


Evidentemente, todas estas previsiones son muy aleatorias en la medida en que dependen en gran medida de la evolución global de la pandemia: el ritmo de su difusión (o de su progresiva extinción) imprime un perfil específico a la evolución económica. La imbricación entre crisis sanitaria y ciclo económico es una de las características inéditas de esta crisis que habíamos subrayado en una contribución anterior [8], e ilustramos en el gráfico que se reproduce a continuación (a la izquierda). Se le puede comparar con el gráfico de la derecha, que ilustra la previsión de la OCDE para la zona euro [9], según la cual el nivel de actividad antes de la crisis no se recuperará hasta finales de 2022. En la misma se toma nota del impacto de los confinamientos, pero luego la curva reanuda su trayectoria. Todas las previsiones anteriores de la OCDE (como las de otras instituciones) están así a remolque de la evolución sanitaria.

En esta situación de profunda incertidumbre en la que los parámetros de la crisis sanitaria están mal controlados, la burguesía y sus instituciones se enfrentan a un dilema esencial: cuál será la combinación óptima entre medidas para salvaguardar el sistema y la vuelta al funcionamiento normal (business as usual). Este dilema gira en torno a dos cuestiones fundamentales: la gestión de la deuda-covid y la restauración de la tasa de beneficio.


¿Qué hacer con la deuda-covid?


En este ámbito, como en otros, la crisis ha llevado a las clases dominantes a tomar decisiones que están en total contradicción con sus principios ideológicos: se han suspendido las normas presupuestarias europeas y se ha puesto en marcha un plan de apoyo coordinado. Hay dos formas de ver estos cambios de actitud. La primera es denunciar tales medidas como insuficientes o provisionales, y estas críticas son legítimas. Pero probablemente sería un error no tomar nota de estos cambios de política, señalando que señalan, involuntariamente, el camino a seguir.


El punto de inflexión más claro es la gestión de las deudas públicas, que evidentemente se han incrementado considerablemente en Europa. En Francia, por ejemplo, la deuda pública pasará del 100% al 120% del PIB. Sin embargo, esta “deuda-Covid” se ha gestionado de una forma completamente inédita. Se emitió de manera parcialmente mutualizada, se colocó fácilmente y luego el BCE volvió a recomprarla en su mayor parte. El BCE absorbió así una gran parte de la deuda pública emitida en 2020: 76% para España, 73% para Francia, 70% para Italia y 66% para Alemania [10]. Todo ello a tipos de interés muy bajos o incluso negativos y con mínimas diferencias entre los distintos países. Una vez más, hay que felicitarse por este abandono de los dogmas.


La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿qué hacer con esta nueva deuda? Existe un debate extremadamente complejo -y virulento- sobre este tema entre los economistas franceses, incluso entre los heterodoxos. Es difícil de resumirlo, especialmente porque se remite a controversias sobre la teoría monetaria.


A corto plazo, la asunción de esta deuda adicional por parte de los bancos centrales es un mal menor y no plantea ningún problema. Pero el derecho de escrutinio de los mercados financieros no desaparece, ya que todavía se emiten títulos de deuda pública en el mercado primario: sería ingenuo no ver que quedan en una emboscada. El objetivo central debería ser liberarse de ese control. En lugar de apuntar a la cancelación de la parte de la deuda en poder de los bancos centrales, sería mejor proponer un impuesto Covid de emergencia -y más generalmente de la tributación de los patrimonios más elevados-, la lucha contra la evasión fiscal, la institución de un polo financiero público, la obligación de los bancos de tener una parte de valores públicos.


Intrínsecamente reversible


La cuestión que va a plantearse bastante rápidamente es la de saber hasta cuándo y hasta qué nivel los gobiernos y el BCE continuarán su política de cueste lo que cueste. En 2009, el FMI dirigió esta recomendación a la zona del euro: “las medidas adoptadas para apoyar la reducción del tiempo de trabajo y el aumento de las prestaciones sociales -por importantes que sean para aumentar los ingresos y mantener a mano de obra en el mercado de trabajo- deberían ser intrínsecamente reversibles” [11].


Se sabe lo que sucedió: al pasar a una política de estricta austeridad en 2010, los países europeos agravaron la crisis de las deudas soberanas, provocando un double dip (doble inmersión) que pospuso durante varios años una verdadera reanudación de la actividad. Ahora surge la misma pregunta sobre elegir el buen timing: evitar que se produzca un regreso a las políticas pasadas demasiado pronto, ya que en otro caso la recuperación se romperá.


Sin duda, los gobiernos han aprendido de sus errores pasados, pero la idea de que las medidas que se tomen frente a la adversidad deben ser “intrínsecamente reversibles” (por usar la deliciosa frase del FMI) no ha desaparecido del subconsciente neoliberal. Esto es lo que el mismo FMI recomienda hoy a Francia: “A medida que se afianza la recuperación, las medidas de emergencia integrales deberían dar paso a ayudas específicas para los sectores más dinámicos de la economía, al tiempo que se establece una red de seguridad para las personas que sufran la transición . Los esfuerzos de reequilibrio solo deben comenzar cuando se confirme la recuperación, pero el proceso de planificación, por contra, debe comenzar desde ahora para llegar a una solución presupuestaria creíble a mediano plazo, que apunte a reducir la deuda pública” [12].


La OCDE, como el FMI, adoptan un tono mesurado pero que no es menos inquietante: “probablemente, en los próximos meses los países tendrán que modificar y ajustar la composición y características de sus programas de ayuda. Debido al costo de las medidas ya implementadas, también se enfrentarán a decisiones difíciles sobre cómo orientar el gasto sin arriesgarse a poner fin de forma prematura al apoyo a las empresas u hogares que aún lo necesitan” [13].


El ministro francés del presupuesto es aún más explícito: “el presidente de la República ha sido muy claro en este tema: hemos podido afrontar la crisis con medidas de ayuda masivas, pero estas medidas de emergencia se acabarán progresivamente cuando la crisis termine. El nivel de gasto que conocemos hoy no es sostenible en el tiempo”. En definitiva, a partir de 2021 habrá que salir del cueste lo que cueste [14]. El gobierno francés acaba de crear una comisión “sobre el futuro de las finanzas públicas” cuya composición ya muestra que su objetivo es justificar y organizar la austeridad que nos espera [15].


Exuberancia capitalista


Desde cierto punto de vista, el ministro del presupuesto francés tiene razón: la política actual del BCE no es “sostenible en el tiempo”. En efecto, las compras masivas de valores -el Quantitative easing– han hecho posible impulsar los valores en el mercado bursatil, y una de las características de esta crisis es que no ha tenido un impacto duradero en las bolsas. El gráfico siguiente muestra que el choque inicial de la pandemia provocó que entre enero y finales de marzo de 2020 los precios cayeran alrededor de un tercio. Luego, gracias a la política de intervención masiva de los bancos centrales, los precios de las acciones recuperaron un movimiento alcista, más marcado en Estados Unidos (Dow Jones) que en Francia (CAC40).

El efecto colateral de este enorme globo de oxígeno es un espectacular ensanchamiento de las desigualdades de patrimonio, en particular el inmobiliario: “esta política monetaria aumentará drásticamente los precios de los activos (este movimiento ya ha comenzado), por lo tanto aumentará violentamente las desigualdades de patrimonio” como explica Patrick Artus, quien se muestra preocupado por ello: eso “conducirá a una crítica aún más violenta del capitalismo, y quizás a largo plazo su caída si una gran mayoría de opiniones considera estas desigualdades patrimoniales, que no resultan de un esfuerzo particular, como insoportables” [16].


Aunque no hacen mención a una caída del capitalismo, los economistas del FMI están preocupados por esta exuberancia bursátil. Se hacen eco de la preocupación expresada por “diversos analistas e inversores” para quienes “el valor real de los activos de riesgo, como las acciones y los bonos corporativos, no parece coincidir con el valor de mercado. Destacan los desequilibrios que existen entre los precios (muy altos) del mercado de valores y las valoraciones derivadas de los fundamentos económicos (todavía débiles), a pesar de las considerables incertidumbres económicas”. Esta falta de correspondencia se mide con la “Q de Tobin” que relaciona el valor de las empresas en el mercado de valores -su capitalización- con el valor real de sus activos productivos. El siguiente gráfico [17] muestra la evolución de este indicador en los últimos 30 años para Estados Unidos. Se constata efectivamente que alcanzó una cima histórica en el último diciembre.

Para los economistas del FMI ya citados, “los inversores apuestan por un apoyo político constante, y el resultado es una especie de exceso de confianza en los mercados [que] aumenta el riesgo de una corrección o una reevaluación. Una corrección brusca y repentina de los precios de los activos, por ejemplo, tras un aumento persistente de los tipos de interés, haría que las condiciones financieras se endurecieran. Esto podría interactuar con las vulnerabilidades financieras existentes, generando repercusiones en la confianza y comprometiendo la estabilidad macrofinanciera”.


En teoría, los precios de las acciones deberían reflejar las expectativas de ganancias. La desconexión que se observa hace que las empresas cuenten con una inyección continua de liquidez por parte del Banco Central que conduce a la formación de “burbujas monstruosas”, como enfatiza Romaric Godin, quien insiste en “el inmenso dilema del prisionero en el que los bancos centrales están encerrados, donde los mercados alcanzan niveles injustificables pero no pueden permitirse restablecer la relación con la realidad económica” [18]. Los economistas del FMI dicen lo mismo: los responsables de la formulación de políticas se enfrentarán, por tanto, a un “difícil dilema”: deben “mantener condiciones financieras favorables para garantizar la transición a las vacunas y la recuperación económica. Pero deben igualmente proteger al sistema financiero contra las consecuencias involuntarias de sus políticas, mientras que sigan de acuerdo con sus mandatos” [19].


Más grave aún, y aquí no hacemos mas que señalarlo, el peligro es que la actual acumulación de deudas públicas sirva de argumento para restringir la necesaria financiación pública de la transición ecológica [20].


Vuelta hacia el beneficio


Las interrogaciones sobre la gestión de la deuda pública muestran que los gobiernos ya están planificando un retorno a la “buena salud” presupuestaria, incluso si les preocupa su calibración. Más allá de los debates técnicos, sería ingenuo pensar que han renunciado a sus dogmas y que el día de después conducirán espontáneamente a una nueva gobernanza. Lo mismo ocurre con los capitalistas que han registrado pérdidas y cuyo principal objetivo será restaurar la rentabilidad dañada por la pandemia.


El gráfico siguiente [21] muestra la evolución del tipo de margen en Francia; es decir, la participación de los beneficios en el valor añadido de las sociedades no financieras. Se puede observar el rastro duradero de la crisis de 2008, ya que el tipo de margen cae hasta 2013. Luego, el beneficio se recupera por etapas, la primera entre 2014 y 2015 (bajo la presidencia de Hollande), la segunda desde 2018 (bajo la presidencia de Macron). Justo antes de la crisis de la covid-19, la rentabilidad de las empresas francesas se había restablecido: el tipo de margen era entonces del 33,3%, cercano al nivel alcanzado antes de la crisis de 2008 (33,6%) e incluso el pico de 1989 al 34% (después de una breve década de la austeridad socialista). La contención lo llevó a un nivel muy bajo en el segundo trimestre. La recuperación del tercer trimestre permitió recuperar mecánicamente parte del descenso, pero las estimaciones del INSEE para el cuarto trimestre muestran que el movimiento se ha interrumpido.

En general, después de una recesión, “las empresas tienen una capacidad de ajuste y de recuperación muy rápida, lo que no ocurre con el resto de la economía» [22]. Una encuesta realizada por Eurogroup Consulting [23] muestra que recuperar sus beneficios es la principal preocupación de las grandes empresas, además de adaptarse a las incertidumbres vinculadas a la crisis.


Hay dos métodos principales para lograr este objetivo: el más moderno es aumentar la productividad más rápidamente que los salarios, lo que el viejo Marx llamó plusvalía relativa. Esta crisis sería entonces la ocasión para impulsar de forma generalizada las diversas formas de automatización, definidas aquí, en sentido amplio, desde la robotización hasta la plataformización, incluido el teletrabajo [24]. De este modo, se pondría poner fin a la larga tendencia a la baja de las ganancias de productividad o, en cualquier caso, absorber las pérdidas de productividad vinculadas a la crisis. Esto es lo que esperan algunos, los “tecno-optimistas”, como han expresado muy claramente tres economistas del Banco de Francia: “estas tecnologías podrían hacer una contribución importante al repunte económico después de la crisis de la covid-19 que ha estimulado su utilización” [25].


Una encuesta de McKinsey a 800 líderes empresariales de todo el mundo muestra que ya han acelerado la informatización y la automatización durante la pandemia, en particular en forma de teletrabajo [26]. McKinsey también estima que el 10% de los puestos de trabajo europeos están “doblemente expuestos” a la automatización y a la covid-19, y que las mujeres tienen el doble de probabilidades que los hombres de ocupar estos puestos de alto riesgo [27].


Sin embargo, las cosas no son tan sencillas: un estudio de epidemias anteriores [28] muestra que estimularon la automatización, pero que, no obstante, redujeron de forma duradera la productividad debido a sus efectos perturbadores: disrupción de la población activa, disminución de la innovación y la inversión, etc. [29]. También exigiría que las empresas estuvieran en situación de invertir y gastar en investigación y desarrollo. Sin embargo, esto no está garantizado, como por ejemplo señalan dos sindicalistas franceses: “la lista de empresas que están aprovechando la crisis para recortar su plantilla de ingeniería, investigación y gestión es larga: Sanofi, Renault, Danone, Nokia, General Electric, Total, IBM, Airbus, Akka, Alten, CGG, Renault Trucks, etc.” [30].


Una de las explicaciones dadas para la desaceleración de las ganancias de productividad es la presencia de empresas zombies que dificultarían la difusión de las innovaciones tecnológicas. Este tema está resurgiendo hoy en día con respecto a las ayudas concedidas a las empresas durante la crisis. El Conseil national de productivité insiste en la “necesaria retirada de las medidas de apoyo”; señala el riesgo de que hubiera “demasiada protección para las empresas ya establecidas e improductivas [lo que] impediría una reasignación de capital, habilidades y participación de mercado hacia empresas más productivas”. Es cierto que este riesgo se presenta como moderado, sin embargo, “es importante no apoyar artificialmente a las empresas no viables una vez que se reanude la actividad” [31].


Esta cuestión de las empresas zombis es un buen ejemplo de la dificultad para determinar la regulación óptima a lo largo del tiempo. Está bien ilustrado por el economista jefe del Departamento del Tesoro: “el argumento schumpeteriano tendrá, durante varios meses más, que dejar atrás la necesidad de limitar las liquidaciones para preservar el tejido productivo y las competencias, porque va a continuar la incertidumbre en cuanto al impacto duradero de la crisis en los modelos de negocio” [32].


Recuperar el tiempo (de trabajo) perdido


Ya se ha mencionado antes la retención de efectivos laborales vinculada a los dispositivos de desempleo parcial. Este mecanismo se ilustra aún mejor en el gráfico siguiente [33]. Se puede observar que la caída de la actividad en el segundo trimestre de 2020 provocó una caída equivalente en el número de horas trabajadas. Pero la caída del empleo fue amortiguada en gran medida por diversas formas de reducción del tiempo de trabajo (RTT) que se han descrito como defensivas: esta es la zona verde del gráfico. La depresión se llenó parcialmente en el tercer trimestre, pero todavía hay una brecha de alrededor del 4% entre el empleo y el que sería “conforme” (en igualdad de condiciones) al nivel de la actividad.

Por tanto, el razonamiento de los empresarios será, naturalmente, que debemos recuperar este tiempo (de trabajo) perdido. La situación para ellos es tanto menos sostenible cuanto que la asunción de una gran parte de la masa salarial por parte de las finanzas públicas no puede durar eternamente. La primera solución es, evidentemente, despedir, y ya se está implementando con la multiplicación por 3 de los planes de despidos en el 2020 (cínicamente llamados “planes de salvaguarda del empleo”), incluso en empresas que no se encuentran entre las más afectadas por la crisis.


El segundo es alargar las horas de trabajo eludiendo la legislación, volviendo con ello a la vieja plusvalía absoluta de Marx. Ésta es la idea básica que está detrás de una nota del Institut Montaigne publicada el pasado mes de mayo [34], en la que se insiste en el “necesario aumento de la duración media del trabajo”. Esta nota, del principal think tank de empleadores (y de la macronie [35]) es reveladora. Contenía un catálogo de medidas encaminadas a horadar la normativa sobre el tiempo de trabajo: “derogar el descanso mínimo de 11 horas diarias (…) dar nuevos incentivos al aumento del tiempo de trabajo”, etc. y todo esto, si es posible “a nivel de empresa”. Por último, no se olvidaba a los funcionarios, sobre todo a los enseñantes: habrá que “recuperar las semanas de retraso escolar”. A nivel empresarial, los empleadores harán valer este argumento: ¡este no es el momento de hacer tonterías! De hecho, el terreno ya ha sido preparado en gran medida por las recientes reformas del mercado de trabajo, todas ellas sustentadas en la idea de que todo se haga “a nivel de las empresas”.

El aumento del desempleo siempre tiene el efecto de modificar el equilibrio de fuerzas en detrimento de las y los asalariados. Esta crisis no es una excepción a este principio: una investigación de Unédic [36], el organismo que gestiona la indemnización por desempleo en Francia, señala que “tanto los asalariados como los solicitantes de empleo se dicen dispuestos a hacer concesiones para tener mejores oportunidades de ver llegar a buen puerto su proyecto profesional”, señala. Lo que un director de agencia de Pôle Emploi (parafraseando a Marx) traduce de la siguiente manera: “a causa de la crisis, hay más mano de obra disponible. Los empleadores pueden permitirse el lujo de permanecer exigentes. Incluso de serlo más aún” [37].


El gobierno contribuye anticipándose a este endurecimiento de las relaciones sociales. Mantiene una reforma regresiva de la indemnización por desempleo, se niega a extender la RSA [Revenu de solidarité active, ndt] a los jóvenes de 18 a 25 años (una forma de ingresos garantizados) y en secreto prepararía una ordenanza que eliminaría la prioridad establecida al pago de salarios en caso de quiebra de las empresas [38].


Vuelta a cebar la bomba de los beneficios


La posible salida de la crisis exacerba una contradicción clásica y permanente del capitalismo. Para funcionar, necesita tanto de los beneficios como de una demanda solvente. En general, lo que mejora el beneficio tiene por efecto reducir la demanda, y esto es aún más cierto en la situación actual. En otras palabras, si es racional que una empresa determinada reduzca el empleo para enderezar las ganancias, el resultado general puede muy bien ser una reducción de las oportunidades de mercado. Si, por otro lado, el Estado busca restringir el gasto para reducir el déficit, el resultado puede ser una recesión auto-infligida. Se ha visto que, incluso si los Estados parecen haber aprendido la lección de la crisis de la deuda soberana, siguen estando impulsados por el principio de que una deuda hay que pagarla. En los dos casos, gestión de las finanzas públicas y gestión de la población activa, la cuestión es, por tanto, la misma: ¿cuándo será necesario realizar los inevitablemente brutales ajustes necesarios para recuperar el tiempo perdido y volver al funcionamiento normal? ¿Cuándo deben abandonarse los arreglos de emergencia “intrínsecamente reversibles”?


La cuestión, como se habrá comprendido, no es si se han de restaurar las ganancias, sino a qué velocidad. El dilema se acentúa aún más por la extraordinaria heterogeneidad de esta crisis. Implica que es probable que la recuperación se haga en desorden, lo que lleva a los economistas a hablar de una recuperación “en K” en la que algunos comienzan de nuevo, mientras que otros colapsan.

Además, no todo el mundo ha sido golpeado de la misma manera, lo que significa que no todas las cicatrices de la crisis desaparecerán, o al menos no al mismo ritmo. Están los y las precarios/as, los y las estudiantes y las y los jóvenes en general y los y las asalariadas de los sectores particularmente afectados (hostelería, cultura, aeronáutica, sector asociativo). En cuanto a los estudiantes, la revista del FMI [39] publicó un artículo con el revelador título: “La sombra permanente de un comienzo infeliz”. A nivel macroeconómico, es la misma “sombra permanente” que se cierne sobre los diferentes elementos de la demanda: ¿Los consumidores (o más bien el 20% más rico) gastarán sus “ahorros forzosos”? ¿Las empresas van a invertir? ¿Se reanudarán las exportaciones? La fragilidad de las respuestas de los economistas a estas preguntas es un buen indicador del grado de incertidumbre de la situación económica actual [40].


En este contexto, también se diferenciarán las formas de ajuste laboral: destrucciones puras y duras, quiebras, planes sociales, dispositivos de jubilación anticipada, licencias especiales, ampliación y flexibilización de trabajo, ampliación de plataformas y de trabajo el domingo, todo va a ser puesto en práctica.


La gran cuestión será coordinar una posible recuperación, restablecer circuitos económicos que no podrán ser idénticos. Evidentemente, es inútil confiar en las empresas para lograr esta coordinación: cada una de ellas buscará salir del marasmo en un clima de competencia exacerbada. Esta función debe recaer en el Estado, que debe organizar la planificación de la recuperación: hemos visto que incluso el FMI no ha tenido miedo en usar esta palabra sulfurosa. Pero el Estado no tiene la intención de emprender este camino y, además, no tiene -o ya no- las palancas para asegurar este ajuste. Por ejemplo, es incapaz de modular la retirada progresiva de las medidas de apoyo (desempleo parcial, ayudas a pymes, préstamos bancarios, aplazamiento de impuestos y de cotizaciones, etc.).


Esta negativa a imponer la más mínima restricción a las empresas es evidente cuando se examina el plan de estímulo francés. No hay nada o casi nada a favor de los hogares más pobres, ninguna creación de empleo público, ningún control sobre la gestión del empleo privado, pero por otro lado recortes de impuestos importantes a favor de las empresas, sin condición alguna. Este rechazo a cualquier condicionalidad es el punto clave que revela una profunda incomprensión de la naturaleza específica de esta crisis.


Recordemos los ataques violentos durante el establecimiento de la semana de 35 horas en Francia. Fueron más allá de la defensa racional de los intereses involucrados. Hay aquí un factor subjetivo que sin duda resurgirá, en la forma de un “espíritu de venganza” de las clases dominantes, decididas a borrar todo lo que la crisis les ha impuesto, y que ya está implícito en ciertos discursos y prácticas.


Por lo tanto, debemos esperar y prepararnos para una brutal reacción social y política. No hay una salida única a la crisis que estaría dictada por leyes económicas intangibles: todo dependerá de las relaciones de fuerza. Por tanto, urge adoptar posiciones que establezcan el vínculo entre la resistencia inmediata y el proyecto de transformación social. En lugar de focalizarse en la teoría de la moneda, se debería dar un contenido concreto a dos ideas en términos de empleo. La primera es la de la reducción del tiempo de trabajo, ya que al fin y al cabo ella es la que ha reducido la magnitud del choque. La segunda es la de una garantía del empleo y de los ingresos sociales. En cualquier caso, es en estas cuestiones vitales en las que se centrarán los conflictos sociales post-Covid.



Traducción: Viento sur



Notas


[1] OIT, La COVID-19 y el mundo del trabajo, séptima edición, 25/01/2021.


[2] Robert Anderton et al., “L’incidence de la pandémie de COVID-19 sur le marché du travail de la zone euro”, Bulletin économique de la BCE, No. 8, 2020.


[3] Insee, Insee, Comptes des branches, résultats trimestriels. Se puede descargar aqui.


[4] OFCE, “Impact économique de la pandémie en France et perspectives pour 2021”, 11/12/2020.


[5] Conseil national de la productivité, “Les effets de la crise Covid-19 sur la productivité et la compétitivité, enero 2021.


[6] Alain Ruello et Guillaume Calignon, “Les économistes et le gouvernement font le grand écart sur l’evolution de l’emploi”, Les Echos , 16/12/2020.


[7] European Comission”, European Economic Forecast, noviembre 2020.


[8] Michel Husson, “Repunte o caída”, Viento Sur, 29/04/2020.


[9] OCDE, Perspectives économiques, diciembre 2020, p. 299.


[10] Christophe Blot et Paul Hubert, “Dettes publiques: les banques centrales à la rescousse?”, OFCE, 27/01/2021.


[11] FMI, “ Déclaration de la mission du FMI sur les politiques mises en oeuvre dans la zone euro”, 8/06/2009.


[12] Jeffrey Franks, Bertrand Gruss, Manasa Patnam et Sebastian Weber, “Comprendre les priorités de la France pendant la crise de la COVID-19”, FMI, 19/01/2021.


[13] OCCE, Perspectives de l’emploi, 2020, p. 92.


[14] «Il faut que 2021 marque la sortie du ‘quoi qu’il en coûte”, Les Echos, 20/01/2021.


[15] Romaric Godin, •”Finances publiques: une commission pour justifier l’austérité future”, Mediapart, 4/12/2020.


[16] Patrick Artus, “La politique monétaire très expansionniste va-t-elle soutenir ou faire chuter le capitalisme ?”, 21/01/2021.


[17] Fuente: Jill Mislinski, “The Q Ratio and Market Valuation: December Update”, advisorperpectives.com, enero 2021.


[18] Romaric Godin, “Après le Covid-19, un retour aux « Années folles » semble peu crédible”, Mediapart, 27/012021.


[19] Tobias Adrian and Fabio Natalucci, “Financial Perils in Check for Now, Eyes Turn to Risk of Market Correction”, blog IMF, 27/01/2021.


[20] Esther Jeffers, François Morin, Dominique Plihon et Jean-Marie Harribey, « Que la BCE prenne sa part pour le climat !”, blog Mediapart, 21/01/2021.


[21] Fuentes: Insee, Note de conjoncture, 15 décembre 2020; Insee, Comptes nationaux trimestriels au 4ème trimestre 2020, enero 2021. Los datos pueden ser telecargados ici.


[22] Patrick Artus, “Qu’est-ce qui se normalise rapidement après une récession ?”, 18/01/2021.


[23] Guillaume de Calignon, “L’étonnant optimisme des grandes entreprises françaises”, Les Echos, 12/01/2021.


[24] Ver nuestro artículo “Robotización, productividad y COVID-19”, Viento Sur, nº 173, 2020.


[25] Gilbert Cette, Sandra Nevoux et Loriane Py, “Les technologies digitales : une source de rebond de la productivité?”, Banque de France, 18/12/2020.


[26] McKinsey Global Institute, What 800 executives envision for the postpandemic workforce, Septiembre 2020.


[27] McKinsey Global Institute, The future of work in Europe, Junio 2020.


[28] Alistair Dieppe, Sinem Kilic Celik, Cedric Okou, “Implications of Major Adverse Events on Productivity”, The World Bank, Septiembre 2020.


[29] Sobre esta cuestión ver las preciosas contribuciones de Martin Anota : “Quel est l’impact de l’épidémie de Covid-19 sur la productivité? “, 28/12/2020 ; “Avec la pandémie, les travailleurs doivent-ils craindre de voir arriver une vague de robots?” 16/01/2021.


[30] Sophie Binet, Marie-José Kotlicki, “Recherche et ingénierie : catastrophe industrielle en vue”, Les Echos, 17/01/ 2021.


[31] Conseil national de productivité, Les effets de la crise Covid-19 sur la productivité et la compétitivité, enerp 2021.


[32] Agnès Bénassy-Quéré, “2021, l’année des zombis?”, 7 /01/2021.


[33] Fuente: Insee, Comptes nationaux trimestriels au 4ème trimestre 2020, janvier 2021. Los datos pueden ser telecargados ici.


[34] Bernard Martinot, “Rebondir face au Covid-19 : l’enjeu du temps de travail”, Institut Montaigne, mayo 2020.


[35] Jérôme Lefilliâtre, “L’Institut Montaigne, la très riche boîte à idées de la macronie”, Libération, 9 janvier 2021. Durante la campaña presidencial de Macron, su equipo estaba domiciliado en los locales del Institut Montaigne: Laurent Mauduit, “Le patronat héberge discrètement Emmanuel Macron”, Mediapart, 7/04/2016.


[36] Unédic, “Crise de la Covid-19 et marché du travail”, diciembre 2020.


[37] Cécile Hautefeuille, “Les chômeurs font des concessions, les employeurs ne transigent pas”, Alternatives économiques, 4 janvier 2021.


[38] Laurent Mauduit, “Le régime de garantie des salaires en grave danger”, Mediapart, 21/01/2021.


[39] Hannes Schwandt et Till von Wachter, “L’ombre permanente d’un démarrage malheureux”, Finances & Développement, décembre 2020.


[40] Pierre Madec et Hervé Péléraux, “L’économie française en 2020-2022 selon le panel des prévisionnistes”, OFCE, 29/01/2021


*Michel Husson es economista, miembro del consejo científico de Attac-France, autor de El capitalismo en 10 lecciones, 2013.

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