China en el torbellino global de la Covid-19

El escenario pospandémico posiblemente será lo de una profundización de las luchas sociales y políticas. Ellas deberán sellar, en los próximos años, la transición de la globalización neoliberal al caos sistémico hasta que se establezca un nuevo orden

Por Carlos Eduardo Martins* La Covid-19 marca un punto de inflexión en la globalización neoliberal, cuyos orígenes se remontan a la década de 1970, con la ruptura del patrón oro-dólar y el establecimiento del patrón dólar flexible.

La globalización neoliberal avanzó a través de la fuerte diplomacia del dólar y de las armas que, en la década de 1980, multiplicó el endeudamiento y estranguló los procesos de modernización en la periferia, impuso la 2ª Guerra Fría, promovió la desregulación financiera y la apertura comercial. En la década de 1990, se expandió con la disolución de la URSS, el establecimiento del Consenso de Washington, la integración monetaria europea y la emergencia de un nuevo ciclo de Kondratiev, de tonalidad expansiva. La economía mundial se vio impulsada por la expansión de los flujos internacionales de capital, el comercio internacional, el gasto estatal y la deuda pública, el papel financiero y militar de los Estados Unidos y la transferencia del dinamismo económico a China.

La financiarización de los Estados Unidos y la Unión Europea limitó severamente su desempeño productivo, reduciendo sus ventajas relativas en la frontera tecnológica. El alto nivel de endeudamiento estatal y corporativo, centrado en la fabricación de capital ficticio, y la reubicación crecente de segmentos de las plantas productivas, amplió el déficit comercial de los Estados Unidos, debilitando su sector productivo. La industria mundial comenzó a concentrarse cada vez más en China, que superó a los Estados Unidos en número de patentes registradas anualmente desde los años 2010. La trayectoria de proyección de China en la economía mundial se ha establecido mediante un fuerte liderazgo estatal basado en el monopolio o el control directo e indirecto de sectores estratégicos. Su sistema de innovación combina fuertes inversiones públicas en educación y salud; el monopolio estatal en sectores estratégicos como defensa, energía, petroquímicos, telecomunicaciones, construcción naval y productos farmacéuticos; el control estatal, a través de la presencia mayoritaria, en el sector bancario; su fuerte influencia a través de la participación accionaria, de la presencia en los consejos empresariales y de la presión a través de políticas públicas en los segmentos de información electrónica, productos químicos, diseño e investigación, transporte, construcción, acero y hierro, diseño e investigación; y la existencia de un sector privado de pequeñas y medianas empresas que, incluso después de la privatización, mantuvo una fuerte dimensión comunitaria.

Entre 1994 y 2008, el patrón de desarrollo chino vinculó fuertemente su dinámica interna al mercado estadounidense. China devaluó el renmimbi, estableció una paridad fija con el dólar y ocupó el espacio abierto por la apreciación del yen y el marco alemán, bajo la influencia estadounidense. Las exportaciones crecieron dramáticamente en relación al PIB y los niveles de desigualdad también aumentaron, aunque con una reducción drástica de la pobreza. El fuerte aumento del déficit comercial de Estados Unidos estuvo acompañado por el creciente papel de China en el financiamiento de su deuda pública, de la cual se convirtió en el principal acreedor extranjero en la primera década del siglo XXI. Su creciente participación en el comercio internacional provocó un auge y un aumento en los precios de los productos básicos, que transfirieron valor a los países periféricos, contribuyendo, junto con el aumento de sus inversiones y financiamiento internacional, a la extensión del nuevo ciclo de Kondratiev a América Latina y África.

China jugó un papel estratégico en el desarrollo de la economía mundial, durante la globalización neoliberal. Sus altas tasas de crecimiento le han permitido financiar parte de la acumulación ficticia de capital en los Estados Unidos, respaldar al dólar e impulsar su propio desarrollo y el de los países periféricos. Sin embargo, la expansión de la deuda estadounidense, la reducción de sus tasas de crecimiento, desde la crisis de 2008, hizo que China redirija la dinámica de su patrón de acumulación hacia el mercado interno, priorizando la reducción de las desigualdades; a Eurasia, a través de la Iniciativa Belt and Road; y a los BRICS, embrión de un proyecto para un Sur Global, impulsado por Estados que representan las principales fuerzas económicas y geopolíticas de Eurasia, África y América Latina. Desde 2013, China ha reducido lentamente sus inversiones en títulos de deuda de los EEUU, que aumentaron de U$ 60 mil millones a U$ 1.240 billones, entre 2000 y este año. En 2015, prácticamente universalizó el sistema de salud y se convirtió en líder mundial en la generación de energía renovable y en la producción de equipos de transporte alimentados por energía limpia. Ha fortalecido el papel de sus empresas estatales que representan la gran mayoría de su infraestructura, servicios públicos o proyectos de alta tecnología, que requieren grandes inversiones y tasas de ganancias más bajas. La importancia de estas empresas chinas en la economía mundial ha ido en aumento. En 2000, solo representaban a nueve de las compañías globales que figuran en Fortune 500 Global. En 2017, ya eran setenta y cinco, lo que aumentó la participación de las empresas estatales entre las empresas más grandes del mundo, que pasaran a representar el 22% de las ganancias del ranking.

La Covid-19 atinge una globalización neoliberal en agotamiento, mostrando su vulnerabilidad ante el nuevo paradigma biotecnológico emergente, y pone en jaque sus principales apoyos: el comercio internacional, los flujos internacionales de capital, el liberalismo político, la financiarización, la desigualdad y el deterioro ecológico y ambiental del planeta. El desequilibrio entre las escalas geoespaciales de circulación de personas y bienes y los niveles de intervención en los ecosistemas, por un lado, y la planificación estratégica, la provisión de servicios públicos (educación, salud, infraestructura y cultura) y las tecnologías de preservación ambiental, por otro, abre una crisis civilizatoria y ambiental, de la cual Covid-19 es posiblemente la primera expresión global, lo que indica la insuficiencia del patrón de acumulación dominante para asumir la nueva fase de la revolución científico-técnica, intensiva en bienes públicos. Estados Unidos y las potencias europeas más prominentes – así como sus periferias dependientes más importantes, como Brasil y México - están siendo las más afectadas y deben liderar la depresión económica, las estadísticas de número de muertos y perder el liderazgo en la política internacional.

Los efectos nocivos de la política unilateral de Trump sobre la hegemonía estadounidense se intensifican durante la pandemia con recortes en la ayuda internacional a la OMS y a países vulnerables como Afganistán, Siria, Autoridad Palestina, Yemen, El Salvador, Guatemala, Honduras; amenazas a los aliados, como Arabia Saudita, de corte en las importaciones de hidrocarburos para proteger a las compañías petroleras estadounidenses; o de intervención militar a opositores, como Venezuela. China, a su vez, al controlar los efectos de COVID-19, a través de su planificación estatal centralizada, su sistema de salud universal, que se basa en tecnologías de complejidad media para la atención a gran escala, pudo recuperar el dinamismo económico y liderar la ayuda internacional, ubicándose como proveedor de tecnologías sanitarias para el mundo, incluso Estados Unidos.

Las medidas para combatir la crisis requerirán altos niveles de intervención estatal, probablemente gasto público entre 50 y 70% del PIB en los países centrales, y actualizarán las tendencias seculares a su expansión, que se han manifestado desde el siglo XX, con una intensidad acelerada. Se enfrentarán a la resistencia del gran capital en las sociedades capitalistas, que buscarán apropiarse de las transferencias de valor y traspasar sus costos a los trabajadores, aumentando significativamente los déficits, la incidencia de intereses en el presupuesto público y la lucha de clases en la post pandemia. En contraste, el patrón de acumulación chino, basado en un fuerte control estatal sobre el sistema financiero y el sector productivo, presenta un endeudamiento público mucho más bajo, una mayor elasticidad de intervención y una capacidad estratégica para dirigir la intervención a sectores socialmente vulnerables.

La Covid-19 y el escenario post pandemia deberán desafiar la hegemonía del dólar. El patrón dólar-flexible se basa en algunas suposiciones cada vez más vulnerables: la capacidad de EEUU seguir tomando préstamos; su financiación internacional mediante el depósito de reservas en el FED; la liberalización de la cuenta capital y las políticas deflacionarias que garantizan un alto nivel de reservas internacionales; y la ausencia de alternativas monetarias sólidas.

Los niveles de deuda del gobierno estadounidense alcanzarán picos equivalentes o superiores a los de la Segunda Guerra Mundial, con la diferencia de que ahora EEUU se encuentran en fuerte declive económico, ya que el eje del crecimiento mundial se ha desplazado a China, impactando incluso su presupuesto militar, que, en 2000, correspondía a seis veces el de China y Rusia combinados y, en 2019, solo al doble. La necesidad de que los estados aumenten el gasto público para combatir la depresión económica y la crisis política ejercerá presión hacia el uso de las reservas y el establecimiento de controles de capital en la balanza de pagos. El propio FMI ha prescrito el control de la cuenta de capital a los países periféricos, ante los movimientos privados desestabilizadores de fuga para el dólar. Finalmente, China ha tratado de avanzar en alternativas monetarias al dólar, internacionalizando el renmimbi, sea convirtiéndolo en parte de la canasta de divisas del FMI, en 2016, o creando su versión digital en 2020.

El escenario pospandémico posiblemente será lo de una profundización de las luchas sociales y políticas. Ellas deberán sellar, en los próximos años, la transición de la globalización neoliberal al caos sistémico hasta que se establezca un nuevo orden.

*Carlos Eduardo Martins es profesor Asociado de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, Investigador de CLACSO e autor de Dependency, neoliberalismo,and globalization in Latin America Brill (2020)

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